At the Unity Rally, a march against antisemitism held in San Francisco, an activist holds up a sign stating “OUR LOVE IS STRONGER THAN YOUR HATE”. Foto: Levi Meir Clancy / Unsplash
El incidente ocurrido en Barcelona , en el que dos mujeres denunciaron haber sido expulsadas de un local tras ser identificadas como judías, me llevó a reflexionar sobre la relación entre antisemitismo y antisionismo en actualidad, en particular en España.
Hablar del sionismo como si fuera una ideología única es tan impreciso como hablar del nacionalismo español, del europeísmo o del feminismo como movimientos homogéneos. Sin entrar en el sionismo histórico, el sionismo contemporáneo se articula principalmente en corrientes liberales, conservadoras y religiosas. Estas corrientes del sionismo están enfrentadas entre sí en cuestiones fundamentales.
El sionismo liberal suele apoyar una solución de dos Estados para israelíes y palestinos y es crítico con aquellas políticas de los gobiernos israelíes que considera perjudiciales para la democracia liberal y la paz. El sionismo conservador, en cambio, da más peso a la seguridad nacional que a los procesos de paz y se muestra escéptico sobre la creación de un Estado palestino. Por último, el sionismo religioso tiene una visión religiosa del retorno a la Tierra de Israel. Aunque sigue siendo minoritario en Israel, su influencia política ha crecido mucho en las últimas décadas y su facción más nacionalista se asocia con los asentamientos en Cisjordania.
A pesar de las profundas diferencias, estas corrientes comparten una idea básica: la defensa del derecho del pueblo judío a mantener un Estado propio. Utilizo deliberadamente el verbo «mantener» porque ese Estado ya se materializó en 1948 con la fundación de Israel. Se trata de una diferencia fundamental respecto al sionismo histórico. Una amplia mayoría de los judíos del mundo son sionistas en ese sentido básico del término, aunque discrepen profundamente sobre qué políticas debe seguir Israel.
Con frecuencia, el debate público sobre el sionismo se construye a partir de sus corrientes más radicales, como si representaran al conjunto del movimiento. Esa simplificación dificulta comprender qué entienden realmente por sionismo la mayoría de quienes se identifican con él.
Cuando una identidad compartida por la mayoría de los judíos del mundo se convierte en objeto de demonización, la frontera entre antisionismo y antisemitismo empieza a difuminarse. No creo que todo antisionista sea necesariamente antisemita. Pero sí creo que el prestigio social del antisionismo contemporáneo está facilitando formas de antisemitismo que vuelven a ser aceptables, como en el mencionado incidente de Barcelona. Lo preocupante de ese caso es que resulte normal preguntar a alguien por su posición respecto al sionismo después de identificarlo como judío por llevar una estrella de David en un collar. Nadie consideraría aceptable exigir a una persona que lleva una cruz al cuello que se distancie de los abusos cometidos por miembros de la Iglesia para acceder a un local. La mera pertenencia a una comunidad religiosa no convierte a nadie en responsable de justificar o condenar todo aquello que se asocia con ella.
El antisemitismo contemporáneo rara vez se presenta con el lenguaje de odio a los judíos. Pero con frecuencia se convierte al judío en sospechoso y se le pide una prueba ideológica de pureza política para ser aceptado en determinados espacios públicos. Una sociedad democrática debe debatir las políticas del Gobierno israelí. Lo que no debería normalizar es que ciudadanos judíos tengan que responder a exámenes ideológicos para participar en la vida pública. Cuando la identidad judía se convierte en motivo de sospecha política, lo que hay debajo del disfraz se llama antisemitismo.